LA MISERICORDIA EN LA BIBLIA Y EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA: CAPÍTULO QUINTO

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CAPÍTULO QUINTO

LA MISERICORDIA EN LA BIBLIA

Y EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

 

Cuando se piensa en Dios, a menudo se hacen dos errores: de un lado lo imaginamos como muy severo y exigente, del otro a menudo no lo tomamos en serio suficientemente o lo imaginamos como una persona buena y que perdona fácilmente. La Biblia nos enseña que Dios es al mismo tiempo justo y misericordioso.

Todos estamos de acuerdo que la misericordia no es un eslogan, o un simple “rasgo” del cristiano, sino, y sin lugar a dudas, mi forma de ser, algo imprescindible con su fe. Sin misericordia no hay cristiano.

Dios: Dios no es misericordioso, sino que es la misericordia. Cuando San Pablo usa la frase “Dios es rico en Misericordia” está intentando tímidamente, expresar la misericordia infinitamente profunda y muy parcialmente entendible por nosotros. La palabra “Rico”, desde luego, queda muy corta frente a Dios. La misericordia es la forma de ser de Dios, y por lo tanto es la forma de ser de Jesús, de la Iglesia, y nuestra. No somos misericordiosos porque somos misericordistas, sino porque conocemos a Dios.

Toda la Biblia es historia de la misericordia siendo historia del camino de Dios con el hombre y la relación entre Dios y el hombre es historia de misericordia. En el A.T. bien treinta veces viene empleado el término “misericordioso”: sólo dos veces  está dirigido al  hombre. El A. T. es una continua exaltación de la misericordia de Dios; y paradójicamente, su experiencia más profunda se da en los momentos de infidelidad y de dolor. El pueblo descubre que Dios no es un frío bienhechor  sino un amigo fiel, tierno, cálido, tiene en plenitud los rasgos de un Padre y de una madre.

Los profetas por  ejemplo, pregonan esta misericordia, nos dan a conocer una misericordia que potencia especialmente el amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo. Por eso, la misericordia es como algo dinámico que transforma, cambia, promueve, renueva, hace crecer (muy importante, esto para nosotros antropológicamente) y no algo pasivo. 

Liga la imagen de Dios como esposo fiel… cásate con una prostituta “te amaré más allá de tus infidelidades “Te desposare conmigo para siempre y te desposare en justicia y en derecho, en amor y ternura”.

Aquí ya entramos en una dimensión de la misericordia de Dios muy inentendible  y escandalosa, que este Jesús de Nazaret reflejará plenamente en su vida.

La palabra misericordia tiene su origen en las palabras hebreas Hesed y Rahamin La mentalidad Judía, a diferencia de la griega (la nuestra), que es abstracta, conceptual, es dinámica, práctica. El Judío  tiene que relacionar todo  concepto abstracto, con algo concreto dinámico, para poderlo entender y vivenciar. Así que como nosotros. Le definimos a Dios como Padre y Madre, hablando en términos antropológicos los libros del  A. T. enmarcan la misericordia de Dios dándoles rasgos masculinos y femeninos.  Dios ama y se hace responsable de este amor.

Hesed: Indica una actitud de profunda bondad y, esta bondad, entre dos hombres, implica FIDELIDAD recíproca, pero (y esto es el meollo de todo) esta fidelidad  recíproca, es fruto de una fidelidad hacia sí mismo Dios es fiel con su pueblo porque es fiel a su amor hacia nosotros, a su compromiso de amor aquí, reafirmamos que, amor y fidelidad son inmóviles (matrimonio) Dios es fiel con su pueblo, no por los méritos de este último (que a menudo lo traiciona) sino por su coherencia de amor y, pues, de fidelidad (esta es también la raíz de la doctrina de la justificación) por eso, esta fidelidad de amor, es más fuerte que el pecado de Israel. (Amor dinámico, amor que salva).

Rahamin: Otro vocablo que en la terminología del A.T. sirve para definir la misericordia, es Rahamin. Rahamin, expresa el “amor de madre” (Rehem  = regazo materno) bien rasgos típicamente femeninos es el amor entrañable que liga a la mamá con su propio hijo. Brota de la unión especial entre  madre  e hijo. Esta mamá que construyo en su cuerpo todas las fibras de su hijo un amor gratuito, que sale  de adentro. No es fruto de mérito un hijo no tiene mérito, es amado por su madre gratuitamente.

Nuestro vocabulario cotidiano confunde, habitualmente, el significado de dos palabras: “misericordia” y “lastima”. Ambas voces tienen un significado muy distinto.  Convendrá distinguirla.

La palabra “misericordia” se origina en la lengua latina y es el resultado de la suma de dos términos distintos: Miser que significa “pobre”, y corda que traducimos por “corazón”. La misericordia es la capacidad de entregar algo de sí mismo a la pobreza del corazón de mi hermano. Así actúa siempre Jesús: al corazón pobre de la pecadora, Jesús le entrega el perdón; a la mirada deshecha de Pedro en las negaciones, Jesús la llena con el consuelo; el  sufrimiento desesperado del buen ladrón en la cruz lo colma el Señor con la certeza del reino. La misericordia pasa siempre por el esfuerzo de arrancar algo de mí, para que sirva al crecimiento humano del otro.

¡Qué distinta son la lástima y la misericordia! La lástima implica darse cuenta de la pobreza del otro y sentir, por qué no, remordimiento ante el dolor del hermano. Pero la lastima acaba siempre por pasar de largo ante el sufrimiento del prójimo y tolerar que el estado de opresión se mantenga de manera permanente. La misericordia, es algo muy distinto: entregar algo de sí mismo a la pobreza del corazón de mi hermano para que éste crezca en humanidad. La misericordia es una gran virtud, la lástima no pasa de ser un triste defecto.

 

 

 

1. MISERICORDIA DIVINA EN LA REVELACIÓN

«De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió « misericordia ». Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente « visible » como Padre “rico en misericordia” (Ef 2, 4)»[1].

La misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales.

«Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia” (2 Cor 1, 3), nos permite ‘verlo’ especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de los corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios “Padre de la misericordia” constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia»[2].

Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10, 10). De la misericordia divina, que pacifica los corazones, brota además la auténtica paz en el mundo.

«En efecto, la revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en abstracto el misterio de Dios, como “Padre de la misericordia”, cuanto a recurrir a esta misma misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El ¿No ha dicho quizá Cristo que nuestro Padre, que “ve en secreto” (Mt 6, 4. 6. 18), espera, se diría que continuamente, que nosotros, recurriendo a Él en toda necesidad, escrutemos cada vez más su misterio: el misterio del Padre y de su amor? (Cfr. Ef 3, 18; además Lc 11, 5-13)»[3].

La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y « más humano », hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico -especialmente en una época tan crítica como la nuestra- la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres…[4].

En efecto, la inmensa condescendencia de Dios, tanto hacia el género humano en su conjunto como hacia cada una de las personas, resplandece de modo especial cuando el mismo Dios todopoderoso perdona los pecados y los defectos morales, y readmite paternalmente a los culpables a su amistad, que merecidamente habían perdido.

Así, los fieles son impulsados a conmemorar con íntimo afecto del alma los misterios del perdón divino y a celebrarlos con fervor, y comprenden claramente la suma conveniencia, más aún, el deber que el pueblo de Dios tiene de alabar, con formas particulares de oración, la Misericordia divina, obteniendo al mismo tiempo, después de realizar con espíritu de gratitud las obras exigidas y de cumplir las debidas condiciones, los beneficios espirituales derivados del tesoro de la Iglesia. “El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo” (Dives in misericordia, 7).

En efecto, ¿qué es la misericordia sino el amor sin límites de Dios, que ante el pecado del hombre, frenando el sentimiento de una severa justicia, casi se deja enternecer por la miseria de la criatura, y va hasta el don total de sí, en la cruz del Hijo? “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!” (Pregón pascual).

Para captar la profundidad de este misterio, debemos tomar muy en serio la desconcertante revelación de Jesús: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). Dios es verdaderamente el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la perdida (cf. Lc 15, 4-6); es el padre que espera siempre al hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-31). ¿Quién puede decir que está sin pecado y que no necesita la misericordia de Dios?

Nosotros, hombres de este tiempo tan inquieto, oscilante entre el vacío de la autoexaltación y el abatimiento de la desesperación, necesitamos más que nunca una experiencia regeneradora de misericordia. Debemos aprender a repetir a Dios, con confianza y sencillez de hijos: «Grande es nuestro pecado, pero más grande es tu amor» (Himno de Vísperas del tiempo de Cuaresma).

Al abrirnos a la misericordia, no pretendemos ciertamente aprovecharnos de ella para acomodarnos en la mediocridad y en el pecado; al contrario, nos sentimos impulsados a propósitos de vida nueva.

2. EL DIOS DE JESÚS, ES UN DIOS RICO EN MISERICORDIA

La revelación nos recuerda que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar ‘obstinado’, y nos envuelve con su inagotable ternura.

Así, por ejemplo, en el libro de las Crónicas del Antiguo Testamento (cf. 2 Cr 36, 14-16. 19-23) el autor sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su comportamiento rebelde: el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia. En efecto, los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.

Por su parte, el apóstol san Pablo, nos recuerda que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo” (Ef 2, 4-5). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del término ‘misericordia’, utiliza también la palabra ‘amor’, ágape, recogida y amplificada en la bellísima afirmación de la página evangélica de san Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16).

Si toda la misión histórica de Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte, en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por consiguiente la cruz debe estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es amor.

¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en el umbral de la fe.

¡Cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un ‘signo’ que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único ‘signo’ es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor[5].

Jesús confía a los Apóstoles la tarea de proseguir su misión salvífica, para que a través de su ministerio la salvación llegue a todos los lugares y a todos los tiempos de la historia humana: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (Jn 20, 21). El gesto de encomendarles la misión evangelizadora y el poder de perdonar los pecados está íntimamente relacionado con el don del Espíritu, como indican sus palabras: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 21, 22-23).

Con estas palabras, Jesús encomienda a sus discípulos el ministerio de la misericordia. En efecto, en el misterio pascual se manifiesta plenamente el amor salvífico de Dios, rico en misericordia, “Dives in misericordia” (cf. Ef 2, 4). La misericordia divina, supera todo límite humano y resplandece en la oscuridad del mal y del pecado. La Iglesia nos impulsa a acercarnos con confianza a Cristo, quien, con su muerte y su resurrección, revela plena y definitivamente las extraordinarias riquezas del amor misericordioso de Dios.

3. PROFUNDIZACIÓN DEL CONCEPTO MISERICORDIA

El concepto de ‘misericordia’ tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. Debemos remontarnos hasta ella para que resplandezca más plenamente la misericordia revelada por Cristo. Al revelarla con sus obras y sus enseñanzas, El se estaba dirigiendo a hombres, que no sólo conocían el concepto de misericordia, sino que además, en cuanto pueblo de Dios de la Antigua Alianza, habían sacado de su historia plurisecular una experiencia peculiar de la misericordia de Dios. Esta experiencia era social y comunitaria, como también individual e interior.

Una observación atenta de los Libros Sagrados nos descubre dos realidades que se ha dado en la historia del pueblo de Israel y, seguramente las podríamos encontrar también en la historia de todos los pueblos civilizados:

a) En primer lugar podemos constatar que la misma idea de ‘misericordia’ fue el origen de la ‘justicia’. Con razón se dice que la justicia es neutral; sin embargo, el origen de la justicia fue la defensa del pobre: el rico, por definición, tiene dinero y poder y en su enfrentarse con el pobre, si es él quien tiene la razón, la implanta sin recurrir al juez ni a la justicia; por el contrario, con frecuencia impone su voluntad sin tener la razón (con la razón del más fuerte). En cambio el pobre carece de dinero y de poder: si no tiene razón (y poderosa), ni se le ocurre pelear contra el rico. Pero, si tiene razón, ¿a quien puede recurrir? El único recurso es el juez y el derecho. Aquí está el meollo de la cuestión y la finalidad última de la misericordia: la justicia. Esta idea la podemos encontrar en las denuncias proféticas:

“Estoy harto de holocaustos… Den sus derechos a los oprimidos, hagan justicia a los huérfanos, aboguen por la viuda” (Is. 1, 11 y 17).        

“Escuchen esto los que pisotean al pobre y quieren suprimir a los humildes en la tierra diciendo: ¿Cuándo pasará el novilunio y el sábado para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando la balanza, para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias?”.

Nos damos cuenta que la justicia nació como salvaguarda de los pobres, de su conciencia de hombres con derechos y que necesitan hacerlos valer.

b) En segundo lugar, se puede observar que muchas actuaciones, que en un principio entraban en el ámbito de la misericordia, se han transformado en derechos. Pensemos en la educación: hasta hace poco el ‘instruir a los ignorantes’ era una obra de misericordia y, para ello, han surgido muchas Congregaciones religiosas. Hoy en día la misma educación se proclama como uno de los mayores derechos del niño y del hombre en general. De la misma manera, ha sucedido con la asistencia a los enfermos o a los ancianos,…. Es como si, a través de “la misericordia se crea un movimiento hacia la justicia”. El ámbito de la misericordia es aquel en el que aún no ha llegado la justicia. Por ello, hacer o tener misericordia no es el mantener el ‘status quo’, el inmovilismo social de la justicia, sino que es luchar por los derechos de los más débiles; se cree en su dignidad como hombre y como persona, y para el cristiano, como hijo de Dios, independientemente de su poder y de su riqueza.  La misericordia lleva a la justicia.

Tener misericordia no es compadecerse desde una situación de privilegio, sino sentir en su propia carne los estragos de una injusticia estructural, de la injusticia de “la justicia”.

Misericordia es mirar al ‘otro’ como a un sujeto de derechos y es luchar para que éstos lleguen a todos, independientemente de la situación de poder y de la potencia económica que se tenga.

Sólo cuando se llegue a la verdadera justicia, a la justicia plena, ya no se necesitará misericordia. Pero ¿no es esto una utopía? Mientras tanto es necesario luchar en favor de los pobres y de los más desvalidos. Dios no es injusto por ser misericordioso…. El que su justicia supere la nuestra y llegue donde la justicia humana deja de cubrir las verdaderas necesidades es una garantía del amor que Dios nos tiene a todos los hombres.

Al profundizar así el concepto de misericordia, vemos como éste se torna en justicia, pero en una justicia muy incómoda y, por ende, perseguida por los poderosos; por ello la misericordia tiene que mantenerse con fortaleza, pues existe un muy pequeño trecho entre el ser considerado misericordioso y ser tildado de subversivo, reaccionario o profeta del odio. Muchos, llevados de un espíritu misericordioso, lucharon por la justicia y fueron asesinados (Romero, Ellacuría,…). En otras palabras: para una misericordia bien entendida hay que arriesgar y enfrentarse a un orden ya establecido por los que más pueden y contrario a los que no tienen voz.

Según dice San Agustín (Cf. De civ. Dei 9,5: PL 41,261), “la misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón por las miserias ajenas, y que nos compele a socorrerlas si podemos”. Llamase misericordia porque uno tiene el corazón afligido (cor miserum) por la miseria de otro” (2-2 q.30 a.1 c).

Juan Pablo II, en su preciosa encíclica Dives in misericordia, ha hecho un análisis profundo y sugestivo del concepto bíblico de misericordia. Sus páginas son el mejor comentario exegético-teológico a la bienaventuranza de la misericordia: “En Cristo y por Cristo se hace particularmente visible Dios en su misericor­dia (…) “Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es, en la conciencia de Cristo mismo, la prueba fundamental de su misión de Mesías… Es necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que, a su vez, se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye la esencia del ethos evangélico” (DM 3).

4. EN LA IGLESIA SE MANIFIESTA LA MISERICORDIA DE DIOS

Es a través del ministerio de su Iglesia que Dios extiende en el mundo su misericordia a través de los siglos: “en ella se manifiesta la plenitud de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con su amor, manifestado en primer lugar con el perdón de las culpas”, pero lo hace también mediante aquel don que está en estrecha conexión con el Sacramento de la Reconciliación, don que con nombre antiguo se llama ‘indulgencia’.

El campo de la misericordia es tan grande como la miseria humana que se trata de remediar; pues eso es la misericordia: “compasión de la miseria ajena, que nos mueve a remediarla, si es posible” (San Agustín). En el orden físico, intelectual y moral, el hombre puede estar lleno de calamidades y miserias. Por eso las obras de misericordia son innumerables -tantas como necesidades del hombre-, aunque tradicionalmente, a modo de ejemplo, se han señalado catorce, en las que esta virtud se manifiesta de manera concreta. Nuestra actitud compasiva y misericordiosa ha de ser en primer lugar con los que habitualmente tratamos, con quienes Dios ha puesto a nuestro lado y con aquellos que están más necesitados.

La misericordia nos llevará a preocuparnos de la salud, del descanso, del alimento de quienes Dios nos encomienda. Por ejemplo, los enfermos merecen una atención especial: compañía, interés verdadero por su curación, facilitarles el que ofrezcan a Dios su enfermedad…, así se hacen obras de misericordia materiales, al procurarles lo necesario para aliviar su enfermedad físicamente y espirituales, al prestarles atención, paciencia y solicitud a sus necesidades psicológicas.

La escritura está llena de citas que nos invitan a la misericordia: Lc 6,36; Ef 4,32; Tob 4,8; Dt 15,11; Prov 24,11; Eclo 29,27; Zac 7,9; Mt 18,33; Is 58,10; Mt 10,42; Sal 40,2; Prov 11,17; Prov 21,3; etc… .

Palabras de los padres de la Iglesia   

“Por misericordia se entiende aquí no sólo la que se practica a través de las limosnas, sino la que produce el pecado del hermano, ayudando así unos a otros a llevar la carga” (San Jerónimo)

“Es la tristeza del mal ajeno, pero en cuanto se estima como propio” (Santo Tomás)

“Misericordioso es el que considera la desgracia de otro como propia, y se duele del mal de otro como si fuera suyo” (San Remigio)

La misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión, la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso.

“Quien practique la misericordia -dice el apóstol- que lo haga con alegría: esta prontitud y diligencia duplicarán el premio de tu dádiva. Pues lo que se ofrece de mala gana y por fuerza no resulta en modo alguno agradable ni hermoso” (San Gregorio Nacianceno).

“La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción” (Santo Tomás)

“Las obras de misericordia son la prueba de la verdadera santidad” (Santo Tomás)
“La caridad no se practica solo con el dinero. Podéis visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarle en sus penas, leerle algún libro piadoso” (Santo Cura de Ars)

“Las obras de misericordia son variadísimas, y así todos los cristianos que lo son de verdad, tanto si son ricos como si son pobres, tienen ocasión de practicarlas en la medida de sus posibilidades; y aunque no todos pueden ser iguales en la cantidad de lo que dan, todos pueden serlo en su buena disposición” (San León Magno)

“La misericordia es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa. El que piensa compadecerse de la miseria del otro, empieza a abandonar el pecado” (San Agustín).

Juan Pablo II, en su exhortación Dives in misericordia, en el Capítulo VII sobre La Misericordia de Dios en la Misión de la Iglesia, nos. 12 y 13, enseña: «Conservando siempre en el corazón la elocuencia de estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles.

La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea -en cuanto posible- en la de todos los hombres de buena voluntad. Finalmente, la Iglesia -profesando la misericordia y permaneciendo siempre fiel a ella- tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.

La Iglesia debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, cual nos ha sido transmitida por la revelación. En las páginas precedentes de este documento hemos tratado de delinear al menos el perfil de esta verdad que encuentra tan rica expresión en toda la Sagrada Escritura y en la Tradición. En la vida cotidiana de la Iglesia la verdad acerca de la misericordia de Dios, expresada en la Biblia, resuena cual eco perenne a través de numerosas lecturas de la Sagrada Liturgia. La percibe el auténtico sentido de la fe del Pueblo de Dios, como atestiguan varias expresiones de la piedad personal y comunitaria. Sería ciertamente difícil enumerarlas y resumirlas todas, ya que la mayor parte de ellas están vivamente inscritas en lo íntimo de los corazones y de las conciencias humanas.

Si algunos teólogos afirman que la misericordia es el más grande entre los atributos y las perfecciones de Dios, la Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios dan testimonios exhaustivos de ello. No se trata aquí de la perfección de la inescrutable esencia de Dios dentro del misterio de la misma divinidad, sino de la perfección y del atributo con que el hombre, en la verdad intima de su existencia, se encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios vivo. Conforme a las palabras dirigidas por Cristo a Felipe, “la visión del Padre” -visión de Dios mediante la fe- halla precisamente en el encuentro con su misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad, semejante a la que encontramos en la parábola del hijo pródigo».


[1] Juan Pablo II, Dives in misericordia, sobre la Misericordia Divina, 1980-11-30, 2, 2.

[2] Ibidem 2, 5

[3] Ibidem 2, 7

[4] Ibidem 15, 1

[5] Benedicto XVI, Homilía en la Visita a la parroquia romana de Dios, Padre Misericordioso, 31 de marzo 2006.

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